15 julio, 2026Dispositivos ópticosDocumentando desde dentro una producción Cinema Live sin precedentes en Europa por Guillem CalatravaCómo documenté el despliegue técnico de 3Cat para la visita del papa León XIV a la Sagrada Familia

Cuando vemos una retransmisión en directo solemos fijarnos únicamente en el resultado final. Todo parece fluir con naturalidad: los cambios de plano, los movimientos de cámara, la realización o la iluminación. Sin embargo, detrás de cada imagen hay días de preparación, pruebas, ensayos y un enorme despliegue técnico que, una vez termina el evento, desaparece casi sin dejar rastro.

Precisamente ese era mi trabajo: documentar fotográficamente cómo iba tomando forma una de las producciones broadcast más ambiciosas realizadas hasta la fecha en Barcelona. Mi objetivo no era fotografiar únicamente el resultado final, sino todo el proceso que hizo posible que aquella retransmisión llegara a convertirse en realidad.

Pensé que sería un making of más

Cuando me propusieron participar en este proyecto pensé que sería una cobertura similar a otras que había realizado anteriormente.

A lo largo de los últimos años he tenido la suerte de documentar grandes eventos, entre ellos numerosas pruebas del Campeonato del Mundo de MotoGP. Allí también he realizado varios making of de producciones audiovisuales, por lo que pensé que ya sabía lo que me iba a encontrar.

Mi misión consistía en documentar la evolución de todo el despliegue técnico que 3Cat estaba preparando para la retransmisión de la visita del papa León XIV a la Sagrada Familia. Un proyecto que combinaba cámaras Sony Cinema Line, ópticas FUJINON y un sistema Cinema Live inédito hasta entonces en Europa, concebido para ofrecer una retransmisión con una estética mucho más cinematográfica de lo habitual en televisión.

Conocía el proyecto sobre el papel, pero todavía no era consciente de su verdadera dimensión.

Bastó con cruzar las puertas de la Sagrada Familia el primer día para darme cuenta de que estaba ante algo completamente diferente.

Una Sagrada Familia que muy pocos llegan a ver

Estoy acostumbrado a fotografiar la Sagrada Familia. A lo largo de los años he realizado diferentes reportajes en su interior y, como la mayoría de personas, siempre la había visto llena de visitantes, con un flujo constante de turistas recorriendo la nave principal.

Por eso, entrar aquel primer día y encontrarme el templo prácticamente vacío fue una sensación difícil de explicar.

Más allá de un reducido grupo formado por producción, realización, operadores de cámara y personal técnico, reinaba un silencio poco habitual. Costaba creer que aquel mismo espacio, acostumbrado a recibir miles de visitantes cada día, se hubiera convertido durante unas horas en un enorme plató de televisión.

Aquella primera jornada estuvo dedicada al rodaje con el órgano. Días después llegaría el turno de la Orquesta del Liceu, instalada en la sala Creuer, situada en la torre de Jesucristo. En ese momento todavía no era consciente de todo lo que estaba por venir, pero ya empezaba a intuir que el making of que tenía delante no se parecía a ninguno de los que había realizado anteriormente.

Uno de los momentos más especiales de aquellos primeros días fue, precisamente, poder recorrer la nave principal prácticamente en solitario. Acostumbrado a verla llena de visitantes, caminar por ella mientras únicamente trabajaban los equipos de producción ofrecía una perspectiva completamente distinta de un lugar que creía conocer muy bien.

Ver crecer una producción única

Los primeros días estuvieron dedicados a los rodajes previos. Poco después llegó uno de los momentos que marcó un punto de inflexión en el proyecto: la llegada de la unidad móvil.

Procedente de Francia, aquella unidad móvil UHD Cinema se convirtió en el auténtico centro de operaciones de toda la producción. Tuve la oportunidad de fotografiar su llegada a primera hora de la mañana, incluso antes de que ocupara su posición definitiva frente a la Sagrada Familia. Apenas unas horas después, aquellas fotografías ya estaban editadas y acompañaban las primeras publicaciones sobre el proyecto.

A partir de ese momento el despliegue fue creciendo de forma constante. Cada vez que volvía a la Sagrada Familia encontraba nuevas posiciones de cámara, más equipos trabajando, más cableado y nuevos espacios que pasaban a formar parte de una producción que no dejaba de evolucionar.

Poco a poco empezaban a aparecer cámaras repartidas por lugares estratégicos del entorno de la basílica: plataformas elevadas, edificios situados frente al templo o posiciones cuidadosamente estudiadas para conseguir una realización completamente diferente a la que estamos acostumbrados a ver en televisión.

Fue entonces cuando empecé a comprender la verdadera magnitud del proyecto.

Todo tenía un porqué. Cada ubicación respondía a una planificación muy precisa. Cada cámara, cada óptica y cada recorrido habían sido estudiados con antelación para que, llegado el momento, todo funcionara exactamente como estaba previsto.

A medida que avanzaban los días también pude observar muy de cerca el trabajo de los distintos equipos implicados. Realización, producción, dirección artística, operadores de cámara y equipos técnicos trabajaban de forma totalmente coordinada, demostrando que una producción de este nivel no depende únicamente de la tecnología utilizada, sino de la capacidad de decenas de profesionales para trabajar con un mismo objetivo.

El reto de fotografiar una producción en directo

Documentar un despliegue de estas características supone un reto constante. No se trata únicamente de buscar una buena fotografía. Hay que entender constantemente qué está ocurriendo alrededor para no interferir en ningún momento con el trabajo de los equipos.

Durante los ensayos y la retransmisión era imprescindible no cruzarse delante de ninguna cámara, anticipar los movimientos de las grúas o prever por dónde aparecería el operador de steadycam para no invadir nunca su recorrido. Nadie estaba pendiente de decirme dónde podía o no podía colocarme; era yo quien debía interpretar constantemente lo que ocurría a mi alrededor para estar en el lugar adecuado sin interferir en el trabajo de nadie.

Al mismo tiempo, tampoco podía alterar la escena. El uso del flash estaba completamente descartado. Todo debía desarrollarse exactamente igual que si yo no estuviera allí.

Eso obligaba a trabajar con muy poca luz, tanto en el interior de la basílica como durante las largas jornadas nocturnas en el exterior. Además, la mayoría de imágenes mostraban personas trabajando y en constante movimiento, por lo que era necesario mantener velocidades de obturación suficientemente rápidas para congelar la acción.

En muchas ocasiones eso significó trabajar a sensibilidades de hasta ISO 12.800. No porque quisiera hacerlo, sino porque no existía otra alternativa. No podía modificar la iluminación, pedir que nadie repitiera una acción o ralentizar el ritmo de trabajo de una producción que seguía su curso independientemente de mi presencia. Simplemente tenía que adaptarme a las condiciones de cada momento y confiar plenamente en el equipo con el que estaba trabajando.

Para esta cobertura utilicé una Fujifilm X-T4 y una Fujifilm X-S10, acompañadas por los objetivos XF 10-24 mm, XF 16-55 mm y XF 50-140 mm. Más allá de las especificaciones técnicas, lo importante era contar con un equipo que me permitiera olvidarme de la cámara y centrarme exclusivamente en documentar todo lo que estaba ocurriendo.

Un ascensor, un botón... y una sorpresa inesperada

No todo fueron cámaras, ópticas y kilómetros de cable.

Uno de los momentos más curiosos de aquellos días llegó durante una de las jornadas de grabación con la Orquesta del Liceu.

Teníamos que acceder a la sala Creuer, situada en la cota 65m de la torre de Jesucristo. Como llevaba toda la mochila con el equipo fotográfico, una persona de seguridad de la Sagrada Familia nos indicó que utilizáramos el montacargas y nos explicó qué botón debíamos pulsar.

Entramos, pulsamos el botón y el ascensor empezó a subir.

El ascensor seguía subiendo y pasando niveles sin detenerse.

Hasta que, finalmente, llegamos a la última parada posible.

Al abrirse la puerta nos encontramos prácticamente bajo la gran cruz que corona la torre de Jesucristo. Apenas unos metros más arriba se encontraba la cruz que culmina la torre. Enseguida entendimos que aquel no podía ser nuestro destino.

Estábamos solos, rodeados por una zona todavía en obras, con andamios, pasarelas de madera, ventanas abiertas al exterior e incluso algún que otro visitante inesperado en forma de paloma.

Así que decidimos bajar caminando hasta la sala Creuer, situada unos niveles más abajo, que era donde realmente teníamos que estar.

Fue uno de esos pequeños imprevistos que difícilmente habría vivido de no ser por este proyecto.

Fotografiando cómo una producción iba tomando forma

Con el paso de los días me di cuenta de que mi trabajo no consistía únicamente en fotografiar cámaras, ópticas o equipos técnicos.

En realidad estaba documentando cómo una producción de esta magnitud iba cobrando vida paso a paso.

Primero fueron los rodajes en el interior de la basílica. Después llegó la unidad móvil. Más tarde comenzaron a instalarse las cámaras y las ópticas en sus posiciones definitivas.

Los ensayos confirmaban que todo empezaba a funcionar exactamente como estaba previsto.

Y, casi sin darme cuenta, llegó el día en que todo aquello dejaría de ser un montaje para convertirse en una retransmisión real.

Esa fue, probablemente, una de las cosas que más disfruté del proyecto.

No se trataba únicamente de fotografiar el resultado final, sino de contar visualmente cómo una producción de esta magnitud iba construyéndose día a día.

Muchas de esas fotografías apenas permanecían unas horas sin editar. Al llegar a casa tocaba descargarlas, seleccionarlas, editarlas y enviarlas para que pudieran acompañar las notas de prensa y las diferentes publicaciones relacionadas con el proyecto.

Recuerdo especialmente las imágenes de la llegada de la unidad móvil. Fueron realizadas a primera hora de la mañana, editadas y enviadas apenas un par de horas después y esa misma mañana ya ilustraban las primeras noticias sobre el despliegue técnico.

Aquello hacía que la jornada no terminara al salir de la Sagrada Familia. Al llegar a casa todavía quedaba descargar las tarjetas, revisar miles de fotografías, seleccionar las mejores y preparar una nueva entrega antes de volver al día siguiente.

El día en que todo cobró sentido

Después de varios días documentando ensayos, pruebas y el montaje de toda la infraestructura, finalmente llegó el día de la retransmisión.

Cuando llegué a la Sagrada Familia, poco después del mediodía, el ambiente ya era completamente distinto al de los días anteriores. La presencia policial era muy visible, muchas calles permanecían cortadas y todo empezaba a prepararse para la llegada del papa León XIV.

Todavía faltaban varias horas para el inicio del acto, pero las sillas instaladas frente a la basílica comenzaban a llenarse poco a poco. A partir de media tarde la afluencia de público fue creciendo de forma constante. Me llamó especialmente la atención la cantidad de personas que esperaron durante horas, bajo el sol, simplemente para poder vivir aquel momento desde allí.

Mientras tanto, mi trabajo seguía siendo el mismo que durante toda la semana: seguir documentando todo aquello que normalmente permanece fuera del plano.

Después de tantos días fotografiando cámaras, ópticas, ensayos y preparativos, resultaba especialmente interesante ver cómo todo aquello empezaba finalmente a funcionar como un único sistema. Cada cámara ocupaba ya su posición definitiva, los operadores seguían los movimientos ensayados durante los días anteriores y todo el trabajo realizado hasta ese momento empezaba a cobrar sentido.

Durante toda la cobertura intenté no centrarme únicamente en el acontecimiento, sino también en todo lo que ocurría alrededor: el trabajo de los equipos técnicos, la coordinación entre realización, dirigida por Paulí Subirà, la dirección artística de Ígor Cortadellas y el resto de equipos y esos pequeños detalles que el espectador nunca llega a ver, pero que hacen posible una retransmisión de este nivel.

Una vez finalizado el acto me acerqué hasta la unidad móvil. Allí el ambiente era completamente diferente. Después de tantos días de preparación, los responsables empezaban a felicitarse mutuamente por el trabajo realizado. Antes de marcharnos todavía hubo tiempo para realizar una fotografía de grupo con buena parte de las personas que habían hecho posible toda aquella producción.

Era una bonita forma de poner el broche final a la cobertura sobre el terreno.

Viéndolo por primera vez como un espectador

Sin embargo, para mí el trabajo todavía no había terminado.

Como había ocurrido durante toda la cobertura, al llegar a casa tocaba descargar las tarjetas, revisar las fotografías y preparar una nueva entrega de imágenes.

Pero aquella noche hice una cosa antes de empezar a editar.

Busqué la retransmisión.

Durante todos aquellos días había vivido el proyecto mirando a través del visor de la cámara. Tan pendiente de no perder ninguna fotografía, de moverme entre los equipos sin interferir en su trabajo y de anticipar constantemente lo que ocurría a mi alrededor, que en realidad apenas había visto el espectáculo como un espectador más.

Fue entonces cuando realmente entendí la dimensión de todo aquello.

Por primera vez pude disfrutar de la retransmisión sabiendo todo lo que había detrás de cada plano. Recordaba perfectamente dónde estaba situada cada cámara, cómo se habían preparado determinados movimientos o cuántos días de trabajo escondían algunas de aquellas imágenes.

Las redes sociales comenzaron a llenarse de comentarios. Muchos destacaban la espectacularidad de la realización, la calidad de las imágenes y el enorme nivel de la producción. Algunos incluso la comparaban con la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona '92.

Fue en ese momento cuando tomé verdadera conciencia de la magnitud de todo lo que había tenido la suerte de documentar.

A lo largo de mi trayectoria he podido trabajar en acontecimientos deportivos, sociales y culturales extraordinarios. Muchos de ellos son irrepetibles.

Pero este proyecto tenía algo diferente. No solo consistía en fotografiar un acontecimiento histórico. Consistía en documentar todo el trabajo, la planificación y el enorme despliegue técnico y humano que hicieron posible que millones de personas pudieran vivir aquel momento desde sus casas.

Hay fotografías que cuentan un acontecimiento. Otras cuentan todo lo que ha hecho falta para que ese acontecimiento pudiera llegar a producirse. Haber tenido la oportunidad de documentar esa parte de la historia desde dentro será, probablemente, lo que más recordaré de este proyecto.