En un contexto donde la tecnología ha democratizado la imagen hasta hacerla omnipresente, la conversación con Natalia Garcés plantea una reflexión esencial: hoy, la diferencia no está en la cámara, sino en la mirada.
Fotógrafa, diseñadora y gestora cultural, Natalia Garcés ha construido una trayectoria que trasciende lo técnico para situarse en el terreno de lo conceptual. Su relación con la fotografía no fue inmediata, sino el resultado de un recorrido que comenzó en el audiovisual y el montaje, y que encontró en la imagen fija su verdadero lenguaje expresivo. Curiosamente, sus primeros pasos los dio con un teléfono móvil, anticipando una práctica que hoy reivindica como válida y creativa.
Su obra se caracteriza por una estética depurada donde el orden, la geometría y el color adquieren un protagonismo casi matérico. Esta influencia proviene en gran parte de su formación en diseño gráfico, que se traduce en composiciones rigurosas y equilibradas. Sin embargo, detrás de esa aparente calma hay una intención más profunda: la fotografía como espacio de pausa frente a una vida marcada por el ritmo acelerado de la gestión cultural y los proyectos multidisciplinares.
Uno de los ejes centrales de su trabajo es el concepto de vacío, desarrollado especialmente en su proyecto MÁ. Lejos de entenderlo como ausencia, Natalia Garcés lo concibe como un espacio activo que permite respirar a la imagen y al espectador. A través del uso del espacio negativo, construye escenas donde la energía fluye y donde la contemplación se convierte en experiencia.
Esta búsqueda de silencio y equilibrio también se refleja en la ausencia habitual de figuras humanas en sus fotografías. Para la autora, eliminar la presencia de personas es una forma de contrarrestar la sobreexposición social de su día a día y generar imágenes que funcionen como refugio personal y emocional.
Paralelamente, su faceta como gestora cultural —al frente de proyectos como el Aula de Fotografía de la Universidad de Alcalá o iniciativas como Archivo COVID— alimenta su mirada, ampliando su conocimiento y su sensibilidad hacia la imagen contemporánea.
En definitiva, la obra de Natalia Garcés nos recuerda que fotografiar no es solo capturar lo visible, sino interpretar el mundo desde la experiencia propia. Una invitación a detenerse, observar y, sobre todo, aprender a mirar.


