20 marzo, 2026Cámaras digitalesEscapada a Menorca con la Fujifilm GFX100RF (I), por Carlos PermuyMenorca fuera de temporada: Mahón y Ciutadella, por Carlos Permuy (parte I)La esencia de Menorca
Menorca es uno de los destinos más deseados durante la época estival básicamente por tres razones. En primer lugar sus 216 kilómetros de costa, de los cuales el 65% están estrictamente protegidos, incluyendo tramos vírgenes, calas, acantilados, dunas y playas, convirtiendo a la isla en un paraíso para los amantes de la naturaleza y el mar.
En segundo lugar, la construcción está fuertemente limitada no pudiéndose construir ninguna vivienda en primera línea de mar y muy estrictamente fuera de los núcleos urbanos. Aún así, en estos últimos no se permiten construir edificios de más de dos alturas y, de nuevo, de manera muy controlada, lo que conserva la esencia de la isla como muy pocas logran hacerlo en el Mediterráneo.
Por último, la fantástica gastronomía de la isla con sus productos típicos denominación de origen, como el queso de Mahón, la sobrasada y la repostería, sin olvidar la famosa caldereta de langosta y el apreciado Gin “Xoriguer”, herencia de la dominación inglesa, hacen las delicias tanto de locales como de visitantes.
Estos factores han hecho que Menorca, con el permiso de Formentera, sea la isla más “auténtica” de las Baleares y la que mantiene con más fiereza su espíritu y tradiciones.
Por ello, cuando Fujifilm España me propuso realizar un reportaje de viaje sobre la isla con la Fujifilm GFX100RF de medio formato no me lo pensé dos veces ya que conozco muy bien el terreno y la cámara tiene todo lo que necesito para un trabajo de este tipo ya que es muy compacta, tiene una focal de 35mm, equivalente a 28mm en “full frame”, y un magnífico rango dinámico. Todo ello era el cocktail ideal que me permitiría conseguir las imágenes que necesitaba para este reportaje con un equipo muy compacto y solvente.
La isla fuera de temporada
Durante la época estival es inevitable que encontremos turistas por doquier. Incluso las idílicas playas que los “influencers” no hacen más que mostrar en redes sociales están repletas de gente y sus parkings completos incluso a primera hora de la mañana, siendo imposible acceder a ellas si no se llega con mucha antelación.
Pero al finalizar el verano es cuando realmente sale a relucir el espíritu de Menorca y es entonces cuando los locales disfrutan de ella. Además, es mucho más económico llegar tanto por cielo como por mar, los precios del alojamiento no son estratosféricos, los restaurantes de comida típicos están abiertos prácticamente durante todo el año, el tiempo suele ser bueno con temperaturas suaves y se respira una calma y tranquilidad perfectas para quitarnos el estrés de las grandes urbes.
Para enseñaros todo esto, me he escapado a Menorca durante cuatro días durante los cuales he visitado sus dos ciudades más importantes, he visto asentamientos megalíticos y he paseado por el famoso “Camí de cavalls” junto a la costa.
Día 1
Maó / Mahón
Si por algo es conocido Mahón, al este de la isla, es por su puerto natural, el segundo más grande del mundo después de Pearl Harbour en Hawaii. Con unos seis kilómetros de largo y 1.200 metros de ancho en su punto máximo, ha sido codiciado por muchas civilizaciones a lo largo de la historia. De hecho, el nombre de Mahón deriva de Magón Barca, hermano de Aníbal, ya que el en siglo III a.C. utilizaron este puerto como base naval llamándolo Portus Magonis (el puerto de Magón), del cual derivó su nombre actual.
Mahón es la capital administrativa de la isla ya que los ingleses la nombraron así debido a su puerto, dejando a Ciutadella como la capital religiosa. El motivo no fue otro que albergar toda su enorme flota naval en él ya que por las dimensiones del puerto de Ciutadella, mucho más pequeño, no era posible hacerlo allí.
Empecé mi recorrido por el oeste de la ciudad y me detuve a contemplar el principio del puerto desde el parque de Dalt Vilanova. En esta parte del puerto es donde atracan los ferries que van hacia Barcelona, Valencia y Mallorca y también otras grandes embarcaciones.

Fotografía © Carlos Permuy - Mirador
Siguiendo hacia el este, en dirección al centro, por la bonita calle del Sol, tuve una vista espectacular del Museo de Menorca, antiguo claustro del monasterio de Sant Francesc y de la Iglesia que lleva el mismo nombre. Este excepcional museo ofrece un viaje por toda la historia de Menorca desde la prehistoria hasta la actualidad. Vale la pena visitarlo y, además, los domingos por la mañana la entrada es gratuita, aunque el resto de días es muy económica (sobre los 4€).

Fotografía © Carlos Permuy - Mirador
Desde allí recorrí la calle de Isabel II, una de las más emblemáticas de la ciudad y un claro ejemplo de cómo la dominación inglesa del siglo XVIII influyó y modificó la imagen de Mahón. Aunque no podemos hablar de una arquitectura Georgiana pura, ya que se mezcló con la mediterránea y la local, sí que dejó en la ciudad particularidades de este tipo de construcción, ofreciendo unos edificios majestuosos y muy característicos.
Una de ellas es una maravilla de este periodo, un mirador acristalado que sobresale de la fachada del edificio del gobierno militar, cuyo nombre es Boinder. Esta palabra, proviene del inglés “Bow window” cuya traducción sería “mirador” o y se estima que se construyó entre 1720 y 1750.

Fotografía © Carlos Permuy - Boinder
En esta calle hay que estar atento porque tiene varias miradores ocultos que ofrecen unas vistas espectaculares al puerto, como el Mirador de Sa Costa des General, llamada así por estar en la zona donde estaban los mandos militares, desde donde se puede ver también Sa Costa des Muret, una empinada cuesta que es un eje histórico de conexión entre la ciudad y el puerto ya que era usada por los trabajadores vinculados al puerto como estibadores, marineros, pescadores, etc. La palabra “muret” significa “murito” y se llamó a la cuesta con este nombre debido al muro de contención que tiene.

Fotografía © Carlos Permuy - Mirador
Siguiendo hacia el centro y pasando otro pequeño mirador, el de Ses Monjes (las monjas) llamado así porque eran las vistas que tenían estas religiosas que residían a pocos metros, me topé de bruces con la Plaça de la Constitució, conocida también por los mahoneses como Plaza del Ayuntamiento ya que allí se encuentra este edificio.
En un rincón de la misma pude contemplar el Monasterio de las Concepcionistas Franciscanas de Mahón, fundado en 1623 y que tiene una hermosa capilla que se puede visitar. Vale la pena entrar a ver esta pequeña joya escondida de la ciudad.

Fotografía © Carlos Permuy -Monasterio
Justo a su lado está el ayuntamiento el cual se integra perfectamente en la arquitectura de la ciudad con su sobriedad y elegancia.
Aunque su construcción data del siglo XVII, fue objeto de profundas reformas durante el siglo XVIII y su estilo es barroco-clásico aunque ya apunta hacia el neoclasicismo. En su parte superior pude admirar el magnífico reloj construido en Londres por Mr. Windonill y que fue adquirido por el Gobernador Kane, una figura relevante de la Menorca británica.
El reloj fue instalado en la torre central de la fachada en 1788 enmarcado por pilastras de capitel jónico y coronado con un campanario. Se dice que fue el primer reloj no solar que hubo en la isla. Vale la pena admirarlo detenidamente.

Fotografía © Carlos Permuy - Ayuntamiento
También en esa misma plaza visité la Iglesia de Santa Maria.
Construida entre 1748 y 1771 sobre otra de estilo gótico del siglo XIV, es de estilo neogótico y guarda un preciado tesoro en su interior.
Al entrar en la iglesia vi inmediatamente un majestuoso órgano monumental de 1809, inaugurado un año más tarde, construido por el reputado maestro suizo Juan Kibutz que con sus quince metros de altura y nueve de anchura es una de las joyas de la ciudad.
Tiene nada menos que cuatro teclados y 3.006 tubos sonoros, de los cuales 197 son de madera y el resto de metal. Es famoso en todo el mundo por su sonoridad y se puede asistir a conciertos de mayo a octubre todos los días de lunes a sábado a las once de la mañana.

Fotografía © Carlos Permuy -Organo
Entre la iglesia y el ayuntamiento está la calle de Alfons III que lleva a la Plaça de la Conquesta, en homenaje a este rey que reconquistó Menorca en el año 1287 expulsando a las fuerzas musulmanas de la isla e integrando a esta definitivamente a la Corona de Aragón.
Una interesante estatua en honor a este rey preside la plaza. Fue esculpida por Frederic Marès e instalada en el año 1950. Mi consejo es que os sentéis unos minutos a admirar esta plaza y sus edificios ya que está flanqueada por pequeños y coquetos bares, restaurantes y la imponente biblioteca municipal.

Fotografía © Carlos Permuy -Estatua
Desde aquí accedí al mirador des Pont des Castell, desde el cual se tiene una vista panorámica de la calle que baja al puerto y se puede ver el edificio que alberga el mercado municipal al fondo.


Fotografía © Carlos Permuy -Mirador y plaza
Puse rumbo a la Plaça d’Espanya donde me senté a comer en uno de sus restaurantes desde el cual tenía una vista espectacular del Mercat des Peix i de la iglesia del Carme. Tuve la sensación de estar sentado en un pueblo típico de la Toscana italiana y es que muchas veces vamos a buscar experiencias lejos de casa cuando las tenemos iguales o mejores a tiro de piedra.

Fotografía © Carlos Permuy -Plaça d’Espanya
Tomé algo rápido y seguí mi ruta hasta el Mercat des Peix, un mercado histórico de pescado construido entre 1926 y 1927 que aún conserva los mostradores de granito originales, ya casi centenarios, donde se puede comprar pescado y marisco fresco de la isla.
Además, se ha convertido en una zona de tapeo ya que tiene infinidad de puestos que ofrecen pinchos, tapas, vermuts, vinos y otros productos locales, manteniendo un ambiente de mercado tradicional aderezada con una fantástica oferta culinaria.

Fotografía © Carlos Permuy -Pescadería
Mi intención era visitar también Sa Plaça (el mercado) así que subí por la calle del Claustre del Carme donde me encontré con una estatua llamada Trei Cavalli, obra del prestigioso escultor suizo Tag Arnoldi, que representa a tres enérgicos caballos en honor al amor que profesan los menorquines por este equino, especialmente por la raza autóctona llamado caballo menorquín, unos preciosos equinos negros y altos, de porte elegante, que salen en las fiestas locales a realizar cabriolas en una fiesta llamada “Jaleo”.

Fotografía © Carlos Permuy -Trei cavalli
Pasada la estatua entré en el mercado de la ciudad, también llamado Mercat des Claustre porque precisamente se construyó con ese propósito, ser un convento de carmelitas. No obstante, por avatares políticos, el estado lo expropió en 1835 y le dio un uso civil, primero como almacén y después como mercado municipal siendo ese su cometido hasta la fecha.
En él me encontré con un explosión de colores y olores. Los puestos de los vendedores están repletos de productos locales de primerísima calidad y es un placer para los sentidos deambular por el mercado enmarcado por la arquitectura del antiguo convento.

Fotografía © Carlos Permuy -Mercado
Sus celdas están convertidas en puestos de abastos, bares y pequeños restaurantes por lo que decidí tomar algo de queso y embutido típico en uno de los más míticos de la ciudad, el bar - restaurante El Trueno, que ha acompañado a varias generaciones de menorquines dentro del mercado.

Fotografía © Carlos Permuy -El Trueno
Desde este local, accedí a una terraza de la parte posterior del mercado desde donde se puede admirar una casa de estilo modernista llamada Casa Mir. Es una casa privada que no se puede visitar pero sí admirar desde fuera y este lugar es perfecto para ello. La casa fue encargada en el siglo XIX por la familia Mir, miembro de la burguesía local que había hecho fortuna con el comercio marítimo con la península y con África.
Además, desde esta terraza también se tiene una panorámica de la Costa de ses voltes, una de las principales arterías que nos llevan al puerto.

Fotografía © Carlos Permuy - Casa Mir
El mercado tiene otra salida (o entrada) que se encuentra en la Plaça de la Miranda. Realmente no se pensó como una plaza sino como un mirador para admirar el puerto y para controlar las embarcaciones que entraban en él. En el siglo XIX el puerto tenía muchísima actividad y era crucial estar informado de lo que estaba ocurriendo. De ahí que se construyera este mirador.

Fotografía © Carlos Permuy - Miranda
Desde él tuve una fantástica panorámica del magnífico puerto, el cual nunca te cansas de admirar, incluyendo la base naval y la isla Pinto. Desde este mirador también se puede bajar al puerto por el llamado Pont des General, uno de los accesos más antiguos de la ciudad a ese lugar.

Fotografía © Carlos Permuy -Pont des General
A tiro de piedra de este mirador me encontré con la Plaça del Príncep, llamada así en honor a los Borbones cuando la isla volvió a la monarquía española después de la dominación británica. En esta plaza, se concentra un buen número de viviendas erigidas por la burguesía de la ciudad de los siglos XVIII y XIX.

Fotografía © Carlos Permuy - Princep
Desandando lo andado me dirigí hacia el Carrer de Hannover, que es peatonal, para seguir dando la vuelta al centro. Al pasar de nuevo por delante de la Plaça de la Constitució me encontré con el único tren turístico que aún estaba funcionando fuera de temporada el cual pasea a los pocos turistas que quedan por los lugares más típicos de la ciudad.
No obstante, lo interesante de esta foto es que se puede ver la Iglesia de Santa María, en segundo plano el ayuntamiento y el convento al fondo.

Fotografía © Carlos Permuy - Tren
Subiendo por Hannover, en una intersección con el Carrer Bastió y el de Ses Moreres, nos encontramos otra maravilla arquitectónica de Mahón, la Casa Montcada con su espectacular boinder que domina las dos calles. Esta casa de estilo modernista se construyó entre finales del siglo XIX y principios del XX. Bien vale la pena admirar su porte y su dominio sobre las dos calles.

Fotografía © Carlos Permuy - Boinder
Muy cerca de aquí, pude ver el Teatro Principal, un teatro de ópera que tiene la particularidad de ser el primero de España. Inaugurado en 1829 tiene la particularidad de que siempre ha estado en funcionamiento durante estos casi dos siglos. Poco se sabe de su promotor, salvo que era un italiano afincado en Mahón cuyo nombre era Giovanni Palagi, el cual proyectó y dirigió la construcción del edificio. En esa época Mahón estaba muy conectado al resto de Europa debido a su tráfico marítimo y vivía una época boyante y de prosperidad.
La puerta del teatro está presidida por una estatua de la musa griega Talía, que precisamente es musa de la comedia y del teatro ligero. Esta estatua fue esculpida por Matías Quetglas con motivo de su reapertura después de la reforma del año 2001. Está fundida en bronce y tiene aproximadamente tres metros de altura.

Fotografía © Carlos Permuy - Teatro Principal
Siguiendo mi paseo me dirigí a la Plaça Bastió, llamada así por estar construida sobre un bastión defensivo que se demolió cuando las murallas defensivas dejaron de tener uso y la ciudad buscaba expandirse.

Fotografía © Carlos Permuy - Bastió
Es increíble cómo se ha conservado una de las puertas principales amuralladas de la ciudad que data del medievo. Se trata del Pont de Sant Roc el cual está literalmente pegado a la Plaça Bastió.
Este puente salvaba el foso y conducía directamente a la Porta de Sant Roc. Era un punto de control y acceso muy importante en la época.
Además, este puente es la unión física de dos mundos. A un lado tenemos la ciudad de intramuros y, al otro, la de extramuros o, lo que es lo mismo, la ciudad vieja y la nueva,
Desde allí me dirigí de nuevo hacia Dalt Vilanova para volver al punto de inicio de mi visita a la ciudad. Mahón es una ciudad fascinante donde se viven y se saborean mil historias de decenas de distintas culturas.
Al día siguiente tenía otra importante visita en la isla, la de la ciudad de Ciutadella.
Día 2
Ciutadella
Ciutadella es, posiblemente, la ciudad con más peso histórico de la isla. Las diferentes civilizaciones que pasaron por Menorca le dieron infinidad de nombres, Jamma, Nura, Minerva, Iamo, Iamona, Municipium Flavium Iamontanum, Medina Minurka, pero fue con la incorporación de Menorca a la Corona de Aragón en 1287 cuando se pasa a llamar Ciutadella, palabra que viene del latín Civitatella que a su vez es el diminutivo de Civetas (ciudad).
Fue durante siglos el centro político, religioso y aristocrático de la isla. A diferencia de Maó, que evolucionó como una ciudad portuaria y de comercio, Ciutadella lo hizo hacia una capital nobiliaria con gran profusión de palacetes, conventos y una increíblemente bella sucesión de callejuelas estrechas que envuelven la única Catedral de la isla.
A pesar de perder la capitalidad en favor de Maó en el siglo XVIII, Ciutadella conserva el peso simbólico de ser el corazón histórico de Menorca.
Llegar a ella desde Maó es un juego de niños porque está a solo 45 kilómetros. Mi consejo es alquilar un coche ya que fuera de temporada son muy económicos y te dará la libertad de movimientos que necesitas para esta escapada de cuatro días. No obstante también puedes llegar en autobús ya que el servicio regular es directo desde Mahón, aunque también hay otro que para en cada pueblo de la isla por lo que tarda más tiempo.
Decidí entrar en Ciutadella por la ronda y aparcar cerca de la Torre de Sant Nicolau para empezar mi ruta, también circular, por el centro de la ciudad.
Esta torre de defensa se construyó entre los años 1680 y 1682 en respuesta a un sangriento episodio que vivió la ciudad unos años antes. En el año 1558 el ejército otomano saqueó la ciudad y pasó por las armas o esclavizó a prácticamente la totalidad de sus habitantes. Fue entonces cuando se dieron cuenta que las antiguas murallas medievales de poco servían contra una artillería más moderna y se planeó la construcción de esta torre de artillería para proteger la entrada del pequeño y vulnerable puerto natural de la ciudad.

Fotografía © Carlos Permuy -Torre
Desde la Torre de Sant Nicolau seguí andando hacia el centro por el Camí de Baix el cual bordea todo el puerto. Este puerto natural es uno de los más singulares del Mediterráneo ya que es una estrecha ría que se adentra varios cientos de metros en la ciudad, a modo de canal protegido y prácticamente invisible desde la costa.
En la edad media fue el puerto principal de la ciudad ya que todo el comercio, la entrada de mercancías y el contacto con el exterior dependían de él.
No obstante, durante esa época también fue su mayor debilidad porque era habitual que los otomanos lo utilizasen para saquear la ciudad, precisamente porque entraba hasta el corazón de la misma.
Con el tiempo, ha ido evolucionando en un espacio urbano muy coqueto y de gran belleza y las antiguas casas de marineros, almacenes y talleres se han convertido en viviendas, bares y pequeños hoteles.
Ya llegando al centro se puede divisar en todo su esplendor.

Fotografía © Carlos Permuy - Puerto Ciutadella
Desde el Cami de Baix anduve una pequeña parte del Passeig de Sant Nicolau para llegar a lo que es el corazón simbólico de la ciudad, la Plaça des Born con su Obelisco.
Esta plaza está construida sobre las antiguas murallas medievales, las cuales se demolieron para que la ciudad se expandiera cuando dejaron de ser útiles. El gran obelisco que la preside, erigido en 1849, domina la plaza recordando la gran tragedia de la invasión turca.
Además de su monumental ayuntamiento, esta plaza alberga algunos de los palacios más representativos de la ciudad, como el de Torre-Saura y el Vivó, flanqueando ambos la entrada al Carrer Major des Born, la calle que nos lleva al centro histórico de la ciudad.
Cabe destacar que en esta plaza también tenemos el mítico bar Imperi, famoso por sus Llonguets (un tipo de pan) de productos típicos como sobrasada, queso, cuixot (un embutido típico de la isla) y muchos más. Después de un buen desayuno seguí ruta por el centro de la ciudad.

Fotografía © Carlos Permuy -Obelisco
Entrar en el Carrer Major des Born te transporta a otra época, su piso adoquinado con palacios en cada acera le dan a la ciudad una pátina señorial que no encontraremos en ninguna otra de la isla.
Muchos de estos palacios tienen partes reconvertidas en pequeños comercios donde se pueden adquirir desde productos típicos hasta souvenirs.

Fotografía © Carlos Permuy -Borne
En esta calle me encontré con una figura velada presidiendo la puerta de entrada del palacio de Torre-Saura. El imaginario popular dice que esta familia estaba enemistada con la del palacio de enfrente y mandó construir esta figura con el velo para no verlos. La realidad es bastante más sencilla y sugerente ya que se trata de un símbolo funerario usado para perpetuar la idea de que un apellido nobiliario transciende a través del tiempo y que continua a través de generaciones.

Fotografía © Carlos Permuy -Figura
Poco después me topé con la Plaça de la Catedral y la imponente Catedral de Santa Maria de Menorca.
Esta catedral, que consta de una sola nave de 34 metros de altura, es uno de los máximos exponentes del gótico catalán en el Mediterráneo. A diferencia del francés, no se busca la verticalidad extrema sino la amplitud y la claridad.
Por ello dispone de un gran espacio interior con grandes ventanales que dejan pasar mucha luz.
Se levanta sobre una mezquita islámica inmediatamente después de la conquista cristiana de 1287 y fue profanada y parcialmente destruida en el saqueo otomano de 1558. Al ser reconstruida, se le añadieron motivos renacentistas y barrocos visibles en retablos y decoraciones.

Fotografía © Carlos Permuy -Catedral
Pasada la catedral, pude observar las bóvedas que aparecen en la calle y que parecen proteger las viviendas y comercios que están bajo las mismas. Aunque pueda parecer que se construyó como elemento decorativo realmente forman parte del proyecto arquitectónico que se llevó a cabo en el siglo XV al construir la catedral. Son de construcción gótica funcional y llevan allí más de 600 años.
Para llevarlo a cabo, primero se construyó la gran plataforma artificial que sostiene el templo sobre el desnivel natural del terrero a modo de gran muro de contención. Para no convertirlo en un bloque muerto, se perforó con bóvedas y se transformó en una galería cubierta. Así nacieron Ses voltes, nombre local que significa, precisamente, las bóvedas.

Fotografía © Carlos Permuy -Bovedas
En una placita que se encuentra allí mismo, vi una pilastra con una pequeña estatua de un cordero enarbolando una bandera con la cruz de San Juan. Esta estatua hace referencia a una de las festividades más queridas de Ciutadella, y de Menorca en general, las famosas Fiestas de Sant Joan.
Realmente son la cristianización de un ritual pagano del solsticio de verano, que apareció entre el 3.000 y el 1.500 a.C. en el Mediterráneo occidental. Este ritual ya contaba con elementos como el fuego, animales y exhibición de fuerza y fue el que se tomó como base para crear la fiesta cristiana de Sant Joan en Ciutadella. El santo es una superposición ya que realmente la fiesta hace referencia a un intangible colectivo mucho más antiguo. Se podría decir que es la excusa para que el rito ocurra.
Y realmente es así, si tenéis la oportunidad de asistir a esta festividad en el mes de junio y tenéis la suerte de vivirla con alguien local os daréis cuenta de que es más que una fiesta religiosa, es el mismo espíritu del pueblo.
Volviendo a la estatua, esta hace referencia al “Agnus Dei”, el cordero de Dios, que simboliza la pureza y el inicio de las fiesta de Sant Joan.

Fotografía © Carlos Permuy -Cordero
Ciudadela es conocida por sus fantásticos embutidos y repostería, los cuales podréis adquirir también en Ses Voltes ya que sus bóvedas albergan infinidad de pequeños comercios, incluidos aquellos que venden productos típicos de la zona.
El Gin, no obstante, es de origen mahonés ya que allí es donde se encuentra la destilería Xoriguer, herencia de la dominación británica.

Fotografía © Carlos Permuy -Productos típicos
Ya era mediodía y decidí tomar un tentempié por lo que me dirigí al Mercado Municipal, tomando un pequeño desvío por el Carrer del Seminari.
Este mercado no es medieval, se construyó en el primer tercio del siglo XX por la necesidad que tenía la ciudad de poner orden en la higiene y el control de pesos y medidas. Actualmente su función es doble ya que sigue siendo el mercado de la ciudad pero también un lugar de restauración con unas bonitas terrazas donde se pueden degustar tapas de productos típicos.

Fotografía © Carlos Permuy - Bares Mercado
Después de reponer fuerzas volví a la arteria principal de la ciudad y seguí hasta la Plaça d’Alfons III el Conqueridor, llamada así porque fue por donde entró a la ciudad el monarca al reconquistar la isla. De hecho, aquí se encuentra la losa que recibe tres golpes cada 17 de enero con objeto de la procesión de los “Tres tocs”, que simboliza la llamada a las puertas de la ciudad de Alfonso III.

Fotografía © Carlos Permuy - Plaça Alfons III
Dos elementos me llamaron la atención en esta plaza. El primero el bonito reloj la preside y, el segundo, un antiguo molino de viento hoy convertido en asador.
Este molino se construyó en el siglo XVIII con la misión de moler trigo y cebada para producir harina. En su época, los molinos menorquines fueron tan importantes como los pozos o los hornos.
Se situaban fuera de las murallas y en sitios elevados para poder aprovechar mejor las corrientes de viento que movían sus aspas.

Fotografía © Carlos Permuy - Molí des Compte
No obstante, tenía mucho interés por ver un bastión defensivo único que se encuentra en la Plaça de sa Font y cuyo nombre también la incluye. Estoy hablando del Bastió de sa Font (de la Fuente).
Se construyó sobre el siglo XVI cuando la artillería ya dominaba las acciones bélicas en el Mediterráneo y por eso tiene unos muros muy gruesos y plataformas para cañones. Fue uno de los pocos puntos que resistió al ataque otomano de 1558 y fue clave porque durante un asedio era tan importante resistir como tener agua. Este bastión tenía una fuente que proporcionaba el precioso elemento. Además, si un enemigo se hacía con la fuente no tenía necesidad ni de luchar ya que podía someter fácilmente a la población.
Así, pues, me dirigí hacia ella para admirarla y seguir mi periplo por la ciudad.

Fotografía © Carlos Permuy -Bastión
Desde la calle que bordea la ciudad a partir del Bastión, pude ver Es Pla de Sant Joan, una zona completamente llana al final del puerto donde se celebran los famosos Jocs des Pla (juegos) por Sant Joan, Estos juegos constan de varias partes, como ensartar una horquilla a pleno galope con una lanza, romper una especie de escudo (llamado carota) del contrincante con una vasija de barro y correr abrazados al galope cuando los jinetes están emparentados (padre e hijo, por ejemplo).

Fotografía © Carlos Permuy - Pla
Un poco más abajo en la misma acera, casi de vuelta a la Plaça des Born, tuve una vista magnífica del puerto pero esta vez mirando hacia el mar en lugar de a la ciudad.
Ya había dado prácticamente toda la vuelta al centro histórico pero me faltaba algo muy importante, perderme por la callejuelas adyacentes a la catedral por lo que me dispuse a internarme en ellas desde la calle de Sa Muradeta.

Fotografía © Carlos Permuy - Puerto final
Y realmente es una delicia hacerlo, perderse sin rumbo por estas callejuelas de casas encaladas típicas menorquinas es casi un bálsamo para el alma. La tranquilidad se respira en cada esquina y cada portal. Las típicas ventanas y puertas de color verde inglés contrastan con el adoquinado del piso y el blanco de las paredes.

Fotografía © Carlos Permuy - Gato
Otra figura omnipresente en esta zona de la ciudad es la bicicleta, llamada “velo” por los locales. Al ser Ciutadella completamente llana este vehículo es ampliamente usado por la población que aquí reside ya que al estar el centro cortado al tráfico hace que sea el método ideal para desplazarse. Además, contribuye a la calma y tranquilidad del lugar por su ausencia de ruido motor.

Fotografía © Carlos Permuy - Bicicleta
Sus rincones con pequeñas hornacinas con figuras de santos, sobretodo de San Juan, son típicas de muchas ciudades de islas mediterráneas y también las podemos encontrar en la ciudad de Palermo, por ejemplo.

Fotografía © Carlos Permuy -Hornacina
Y así, deambulando sin rumbo intentado imbuirme en la esencia mediterránea del barrio, dejé esta maravillosa ciudad para volver a Mahón ya que al día siguiente tocaba explorar la naturaleza de la isla por el famoso Cami de Cavalls.

Fotografía © Carlos Permuy - Callejuelas
Pero Menorca no es solo ciudad, historia y arquitectura. En sus caminos ancestrales, en sus calas silenciosas y en sus vestigios prehistóricos, la isla guarda una dimensión todavía más profunda.
En la segunda parte recorreremos el Camí de Cavalls, el Parque Natural de s’Albufera des Grau y viajaremos 3.000 años atrás en los poblados talayóticos.
Mientras tanto, puedes ver el vídeo resumen de Carlos Permuy:


