11 febrero, 2026Cámaras digitalesUn desfile de moda en un mercado de ropa de segunda mano de KeniaPor Diego Menjíbar ReynésUn día no hace mucho, una colega fotoperiodista me dijo que hay dos tipos de fotógrafos: los que crean historias y los que las persiguen. Desde que empecé a trabajar –y eso no significa que vaya a ser siempre así– he pertenecido al segundo grupo: intento buscar y contarle al mundo las historias que considero interesantes y que me inspiran desde el continente africano, siempre bajo una perspectiva alejada de la victimización. Sé que tiene que haber fotoperiodistas que también cubran catástrofes, enfermedades y guerras, pero ese no soy yo. Mi visión es que ha llegado la hora de cambiar la narrativa sobre África, y de contar historias que ensalcen iniciativas y movimientos sociales impulsores de cambio.
Con esta mirada llegué a Gikomba, el mercado de segunda ropa más grande. ¿El motivo? Al día siguiente se celebraba el primer desfile de moda de la historia del mercado, creado a finales de 1950 y donde trabajan miles de personas. Gikomba es un laberinto de calles estrechas sin asfaltar, con miles y miles de puestos hechos con maderas donde los vendedores exponen sus productos. Kenia importa más de 185.000 toneladas de ropa de segunda mano al año; sin embargo, hasta el 40% es inservible y acaba en vertederos en lugar de armarios. Es en este rincón de la capital donde llega la mayoría de esas prendas, y si un cliente busca comprarse cualquier prenda de ropa, la encontrará en este mercado.

Me acompañaba el que se ha convertido ya en mi equipo predilecto: la Fujifilm XT-5 y el XF 23mm F1.4. Era el día del ensayo, y una docena de modelos llegaban al espacio donde habían sido convocados para preparar el día siguiente. Los medios de comunicación de todo el mundo iban a estar ahí y nada podía salir mal. De nuevo, como conté en la anterior historia, las condiciones de luz del mediodía son siempre un reto. En este caso, el backstage, donde los y las modelos se probaban las ropas y maquillajes, no estaba iluminado más que con una pequeña ventana por donde entraba la luz del sol, y nada más llegar pensé en que eso podía ser un problema.

Sin embargo, y como sucede normalmente, mi equipo fotográfico me sorprendió nuevamente: clavé mi ojo tras el visor y me relajé al ver que, a pesar de que por el trajín tenía que disparar a 250fps, podía trabajar con tranquilidad a ISOS no muy altos con el diafragma abierto. Esto hizo que pudiera concentrarme en los sujetos, que era realmente la parte importante de este trabajo. Al final, y eso es lo que más agradezco, es contar con un equipo que sé que va a responder a cualquier escenario, y cuyo manejo hace que sea mucho más sencillo obtener un resultado con el que sentirme satisfecho.



Al día siguiente, ese mismo escenario se vio abordado por el caos: diseñadores, modelos y organizadores corrían de un lugar a otro, ultimando detalles, recortando prendas y haciendo los ajustes pertinentes de último minuto para que todo saliera tal y como lo planearon. Para mi era el escenario ideal: nadie miraba a cámara (ya sabemos lo odioso que puede ser eso) y podía capturar escenas y detalles con naturalidad, así como pedir todos los retratos que quisiera.

Una cosa que me gustaría destacar también es el tamaño del cuerpo y cámara: es muy manejable, intuitivo y poco invasivo, lo cual se traduce en que no llamo la atención con un equipo demasiado grande. Recuerdo disfrutar especialmente este encargo para The Guardian, donde se publicó esta historia como foto ensayo, por dos motivos: la originalidad del evento en sí, y los contrastes resultantes del lugar: una pasarela de moda en uno de los lugares más pobres de la ciudad. Sin embargo, repito, más que enfocarme en la pobreza me centré en el trabajo de los diseñadores y modelos, y traté de representar respetuosa y éticamente un momento único en la historia del mercado.
Para más historias puedes visitar el perfil de Diego Menjibar @dmenjibar.


