17 febrero, 2026Fotografía analógicaEl tesoro oculto de Rennes-le-ChâteauPor Bàrbara Balcells Matas

Al entrar en Rennes-le-Château, un cartel advierte: “Les fouilles sont interdites”. La traducción literal es “las excavaciones están prohibidas”, pero su sentido es más preciso: lo que no se permite es escarbar. Una acción similar a excavar, pero con un objetivo. La excavación arbitraria se permite; la búsqueda de algo oculto, queda prohibida. Este matiz es la clave del misterio. 

Para entenderlo, debemos remontarnos a 1885, cuando el sacerdote Francois-Bérenger Saunière fue enviado a Rennes-le-Château, un pequeño pueblo en lo alto de una colina del sur de Francia, para hacerse cargo de la iglesia local, que se encontraba abandonada y semiderruida. Durante su restauración, se dice que Saunière encontró unos pergaminos ocultos en el altar mayor. Nunca se supo qué contenían, pero a partir de entonces su vida cambió de forma radical: en pocos meses pasó de ser un cura pobre a uno de los hombres más ricos de la región. No sólo renovó la iglesia, sino que además compró los terrenos colindantes, donde construyó la enigmática Torre Magdala y una elegante casa de huéspedes, la Villa Betania. 

En pocos años, el origen de su fortuna se convirtió en uno de los misterios más comentados de la zona. Aún hoy muchos se preguntan si esos pergaminos contenían las pistas de un antiguo tesoro: templario, dicen algunos, visigodo, defienden otros. Fueron tantos los curiosos que se acercaron con picos y palas, e incluso dinamita, intentando encontrarlo en las profundidades del pueblo, que a mediados de 1965 el gobierno decidió prohibir expresamente las excavaciones y tapiar la cripta de la iglesia, considerada por muchos la clave del origen de la riqueza del cura. 

En los años ochenta, un investigador aficionado aseguró haber accedido a la cripta de forma accidental durante unas obras, cuando uno de sus gatos cayó por un agujero abierto en el suelo del templo. Nunca reveló lo que vio allí. Solo contó que dejó una botella de Coca-Cola con su nombre, firma y fecha en su interior, con la esperanza de que, si algún día se autoriza la apertura de la cripta, alguien la encuentre. La imagen de esa botella ochentera de Coca-Cola en la oscuridad, suspendida bajo el pueblo, es ahora el curioso, y quizás único, vestigio de ese tesoro legendario.

Todas las fotografías han sido realizadas con película analógica Fujifilm ISO 400 e ISO 200. Ambos carretes ofrecen una reproducción cromática equilibrada y un grano moderado, con buen rendimiento tanto en condiciones de luz variable como en exteriores luminosos.