21 abril, 2026Fotografía analógicaLa fotografía prácticaPor Ana GallartEn Navidades solemos mirar el álbum familiar. En algunas fotografías, un bisabuelo o bisabuela se había tomado el trabajo de escribir los nombres de todos los integrantes de la imagen, fecharla y anotar el lugar. Gracias a esos pequeños gestos del pasado, este invierno, pudimos entender el contexto, y la imagen adquirió un valor mayor, no solo sentimental sino también narrativo. Las anécdotas se acompañaban de fotografías, y las fotografías evocaban nuevas anécdotas.
En el festival Les Rencontres d'Arles de 2025, una de las exposiciones favoritas del público fue “Éloge de la photographie anonyme” de la galeria Lumière de Roses. En ella, un joven parisino tomaba imágenes de calles y lugares donde en su día había compartido momentos importantes con la que fue su pareja tres intensos meses. Sobre cada fotografía marcaba con una pequeña cruz roja el punto exacto donde había ocurrido algo significativo. Esto era bastante habitual en otra época: la fotografía como una forma de señalar, de recordar, de anclar una historia a un lugar.
Para mí, la fotografía también cumple una función práctica. Pero ¿cuánta gente practica realmente esta función? Muchos de nuestros recuerdos residen en las galerías de nuestros teléfonos y en las plataformas. Imagen, texto, personas identificadas y etiquetadas con enlace directo a sus propios álbumes digitales, fecha, ubicación e incluso hay quien compartirá la música que acompaña el recuerdo. Esto sí que es el súmmum de la fotografía práctica. ¿No?
Pues sí… pero no, para que yo pudiese defenderlo con uñas y dientes, deberíamos ocupar las copisterías e imprimir nuestros hilos digitales para guardarlos en una caja y que los descubran nuestros nietos. Seleccionar esa y no otra fotografía para darle forma, textura y materialidad es darle a su vez una segunda, una tercera y una cuarta vida, es darle la posibilidad de arrugarse, de estropearse, de sobrevivirnos, de ser encontrada y perdida, de ser mirada y de existir en el mismo plano físico en el que lo hacemos nosotras. Me gusta aferrarme a la idea de que existe una cultura underground de personas que se sirven de la cámara para dejar constancia de los encuentros, de las pequeñas cosas, del proceso y no simplemente el resultado, despojado de artificios y de mirada artística.
Si esta reivindicación tiene sentido o no, en realidad no tiene demasiada importancia. A mí, concretamente, la cámara me ha acompañado en los últimos años para guardar registro de mis hazañas panaderas, construyendo una especie de diario visual ilustrado: un recetario en el que el dibujo se sustituye por la fotografía, testigo de mis proyectos y de mi vida.









Con mi amiga Marion decidimos poner en práctica esto el pasado domingo: ella con la cámara en las manos y yo con las manos en la masa. Las dos, autoras del recuerdo. Usamos un carrete Fujifilm X‑TRA Superia 400 y un Fujifilm Neopan Acros 100 II.


